Suma
a este pecado con giba, otro fundido de cuerpos,
alevosía
u hojilla de barbero que peina girasoles, en boda de bobas
luciérnagas
nadando en pliegues unicelulares.
El
glóbulo y el ancla, la pantorrilla de dientes para afuera,
glicerina
de todas las bocas, medicina húmeda
que
avivará el calor de otro pasamanos.
Ya
que no cantan los sinsontes gimnásticos, no podrán nunca,
oye,
nunca, acusarme que si del ghetto no
salí,
o
volví tarde a la cita con el globo terráqueo.
Dos
húmeros, un tobillo fragmentado, clavícula o clavicordio,
ceremonia
de glaucos amaneceres,
dulce
gigoló enternecido en una boca, dormido a la sombra
de
un sobaco de mujer.
Ya
no creo en la llama de la jindama, ya no busco oro
por
letanías, ni me hundo por mi propio peso,
descalzo
no voy a misa.
Bufará
en el termostato, el calefón y el rifle, la luna oirá
de
espaldas al mar cómo arriba la ola presurosa, a la puerta
de
tu gineceo, donde yo estaré, y tú estarás conmigo,
la
giranta única, mi herida en el costado.
No
faltará un beso en tu frente caliza, a través de tus venas
palparé
tus hombros de mesopotámica,
tu
curva secreta, donde el África guarda sus sílabas más preciadas,
y
renaceré, como un globetrotter, una
bujía,
un
pedazo brillante de globulina fosforescente, náufrago
en
orillas de un escalón pequeño.
De
cubierta con nudillos al sol, a mil leguas de un ombligo,
punteando
burbujas de oxigeno, quiera Dios,
olvidado
para siempre.

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