jueves, 29 de agosto de 2013

Aguacate (contexto para un banquete)

Paul Cezanne
Paul Cezanne pintó bodegones, pintó frutas: peras, manzanas, limones, cosas un tanto alargadas de color amarillo-naranja, ¡pintó naranjas!: ¿y el aguacate?  Paul Cezanne pasó dos horas pintando bajo una tormenta, intentando capturar en el azar de un trazo, la piel del mundo, en el espacio limitado de un lienzo: el olor de la lluvia al mezclarse con la hierba, el destello de un trueno que abre en dos el cielo y separa los grises de las nubes, el ruido de las ramas rotas. Luego se desmayó, lo reanimaron frotándole las extremidades, volvió a desmayarse: murió de pulmonía. Paul Cezanne pintó mujeres y casas, montañas peladas de amarillo, paisajes y rostros, hombres fumando su pipa, hombres apostando, o simplemente con la cabeza apoyada en una mano, esperando... Paul Cezanne se pintó a través del tiempo, en autorretratos. Pintó y no pintó un aguacate. Ese fruto al que los aztecas conferían virtudes afrodisíacas, al que llamaban desde la época precolombina: “Ahuacatl”, y al que en el siglo XVII marinos españoles bautizaron: “pera de las indias” (echando mano de las similitudes de su mundo conocido, para nombrar ese otro mundo, nuevo y desconocido). Estos marinos llevarían el “Ahuacatl” a las Antillas, a la espera del siglo XVIII cuando algunos aventureros introducirían el cultivo de esta fruta en las islas canarias, mediante el jardín botánico de Orotava, desde ahí saltaría al mediterráneo. Los franceses también experimentarían con el cultivo de la “pera de las indias”, en una de sus colonias: Argelia. ¿Paul Cezanne conocía Argelia?, ¿conocía también el jardín botánico de Hamman?, ¿participó acaso de alguna clase de orgía producto del fruto verde del nuevo mundo, orgía que terminaría en una guerra de pepas de aguacate, o de Ahuacatl, o de pera de las indias? No creo: a Paul Cezanne le gustaba estar solo, era un tanto huraño, vivía en concubinato con la soledad de la belleza. Nunca se enteró que la antigua URSS ensayó con plantaciones de aguacateros a orillas del mar Negro. ¿Cómo llamaría la antigua URSS a los aguacates?, ¿cómo se terminan llamando las cosas que cruzan tantas veces el mar? No hay un bodegón de aguacates, no hay un Cezanne que pinte la forma verde y pecosa de cadera ancha, la pulpa de aceite, amarilla, verde, algo entre esos dos colores, y la pepa, dura, de 2 a 4 cm de longitud... ¿Frida pintó alguna vez un aguacate? Por qué semejante omisión en el inconsciente colectivo de la panza. Tal vez Paul Cezanne lo pintó bajo otro nombre, tal vez rodó fuera de la mesa, fuera del lienzo. Tal vez su presencia trasluce en el color de los árboles y de las hojas y del follaje. ¿Cómo se pinta algo que cambia tanto de nombre?, si el nombre es esencia y anatomía: aguacate, palta, persea americana. Cómo se pinta algo que escapa, que no se deja atrapar por nuestro lenguaje, acaso y por un breve instante, para luego desaparecer, ser otra cosa, un olor, un aroma de fugacidad (hecho mole: tomate, cebolla, ajo, limón, palabras, más palabras, mezcla, machucadura, juntura, gusto de la lengua al pronunciarlas). Qué gesto de loco el de Cezanne de acercarse al alma de una manzana: ¿cómo se pinta y se escribe lo intraducible? Quiero hacer un bodegón, un autorretrato, un poema y una palabra de aguacate, de palta, de Ahuacatl, y luego desaparecer con ella, en otros nombres. Como Paul Cezanne, que pintó en la tormenta.         

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