Para no morir.
Porque nos encanta el sonido que producen las teclas, similar al de una
metralleta. Para no sucumbir. Por soledad. Porque no sabemos llorar, o porque
todo está irremediablemente perdido. Para oler mejor la tierra. Para ir y venir
por el cuerpo de una mujer. Porque vemos figuras en las nubes. Por una mala
racha. Para sacudirnos la piel y la lluvia. Escribimos por la imposibilidad que palpita en
toda palabra. Por el vacío. Para la nada. Porque es necesario.

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