El problema
con estos rusos-ucranianos, hijos de este lado del Río de la Plata, aprendices de
mito con elfo y vodka, es que primero te fundan la amistad en un par de
temporadas, y pasas tiempo con ellos en el sótano de un verano a 30 y tantos de
temperatura, entre estanterías y libros con datos de guerras y alguna que otra
poesía, luego compartes una o dos cervezas, y te ríes de sus intentos de
peleador callejero, y te haces fanático de su música y de su compañía para
distraer las horas: te hacen la doble pirueta de invitarte a grupos oscuros, se
te van metiendo así como si cualquier cosa entre el alma y los huesos, como si
se tratara de improvisar cadáveres, de dejar papeles rayados: tienen el cinismo
de invitarte unos cigarros largos, larguísimos, con un humo que no huele a
estepa sino a estación de trenes en Retiro. Estas aves de mal agüero con sus
mechas al viento, ríen y te comparten un andén, y uno se dice –fumando, y viéndoles
el bigotillo de Herr doktor, la
malevolencia tras los anteojos–: ¡pero vaya!, por todo el oro en los dientes de
mi abuelo, ¡si este tipo es bueno!, qué corazón, lujo de sirenas…. ¡Y ahí estás
jodido! En ese preciso instante te das cuenta que aquel amigo tiene una sonrisa
KGB, y cuando menos te lo piensas, te venden sin que te enteres, ¡una bicicleta
sin frenos! Cuando ya te tienen domesticada la duda, ¡zas!, y con la bicicleta
se te hacen imprescindibles en el afecto, y vaya usted a barrer el reguero de
sueños que dejan en la casa. Estos impresentables que se presentan de
camaradas, son mercachifles de malos consejos, trashumantes de motivos y
excusas para cagarse a pedradas toda certeza. Estos señores de buena estatura,
te abrazan y sonríen mientras te dicen: “la bici no frena bien, y trata de no
recorrer más de 50 kilómetros”, y como si al corazón uno le dijera la cosa así
nada más, y sabiendo que iremos más, más lejos. Pero estos alegres mercaderes
de desastres, de alguna extraña manera son un faro loco para las noches de
amistad con la cuchilla, lo que digo, se te meten en el afecto, ¡y qué más da!,
brindar por la buena salud de nuestra locura. Pero eso sí, quede bien claro,
que son peligrosos, que son unos desalmados, y si alguien los encuentra en la
calle, esconda bien su dinero, que lo más probable es que termine cuesta abajo,
con una bicicleta sin frenos, sintiendo todo el viento, todo el sol, y toda la
lluvia, justo en la cara.
lunes, 9 de diciembre de 2013
miércoles, 16 de octubre de 2013
Hotel Asterión
Lo hermoso de
la psicología es que le puso a Edipo una caja de preservativos en una mano y un
revólver en la otra, y le dijo: dale, papá, no te preocupes, no sientas
vergüenza de lo que vas a hacer. Y así se funda nuestra historia. En un hilo de
trama de telenovela mejicana, mandamos a nuestro padre a dormir con los peces,
y le coqueteamos la libido a una fulana con brazos de vientre: lo cual resulta
todo muy normal, en esa lucha que es afirmar nuestra identidad, objeto extraño
y cambiante. Ahora, entramos al laberinto (es de noche), llevamos una pistola
en cada mano, todo está en silencio. En alguna de las habitaciones nos espera
el minotauro, el aire hiede a humano, a sangre, a cadáveres de cabras, el suelo
cruje bajo nuestras pisadas. Al fin nos encontramos frente a frente con la
bestia, pero su cabeza no recuerda un toro, ni su aliento es vapor caliente, ni
sus manos rompería los huesos de nuestra columna: en cambio se apoyan en un
bastón, y sus ojos (ciegos y redondos como lunas en un estanque), miran la luz
y la dejan seguir. El minotauro es un tipo de saco y corbata, de cachetes un
poco caídos, y está sentado sobre una caja vacía. No podemos darnos ningún
lujo, es necesario que acabemos con él: ¡es vital, es urgente! El minotauro
mira como si mirara a su alrededor, mueve la cabeza canosa: “hay un espejo en
el que nos hemos reflejado por última vez”, dice. Y no hay tiempo para poemas
ni para aforismos, ni para laberintos ni tramas ni días repetidos, vamos a
disparar y el minotauro lo sabe y en un rapto hollywoodense dice, tristemente:
“yo soy tu padre”. Es verdad, es verdad, luego: ¡bang-bang!... Esta hecho,
telefoneamos a Ariadna (o como se llame la fulana) y repetimos: “está hecho”,
ninguno habla, y ella luego agrega: “es mejor así, bebé”. Sí, es mejor así,
ahora yo seré la nueva estrella de las letras contemporáneas, yo la gran
promesa, el elegido, el Neo de la literatura latinoamericana, y ella dice:
“sí, mi amor, ahora las invitaciones a dar conferencias sobre el papel de la literatura en el mundo post-bomba atómica, en universidades de América, las entrevistas en la CNN y en todos los canales culturales, ahora
todo esto es tuyo”. Y yo digo, sí, ahora todo es mío, el Nobel y el Asturias,
los comentarios políticos, y no sé si abro o cierro una puerta como en la
escena final de El Padrino, todo es mío, he matado a mi padre, y digo: “apenas
si se defendió”. Corto y quedamos de vernos en un hotel para celebrar, y esperar
el torrente de antologías donde aparecerá mi trabajo. La vida es justa.
Todos matamos
a nuestros padres, y en literatura mucho más. Hace poco leí un par de ensayos
sobre Borges en los que parecían echar sobre el escritor un látex de dulce
indiferencia, alabando algunas cosas (algunos cuentos), pero en un tono general
de: la verdad, no sé qué le ven. Me imagino que para nuestro instinto parricida
no existe mejor presa en el mundo que el gran Borges (se nos hace agua la boca
de sólo imaginarnos escribiendo de él que no era tan buen poeta). Y está bien,
es un instinto saludable, necesario. Pero váyanse todos al carajo. Borges es un
plantea, un universo, está en otra parte, y es tan jodido el tipo que se deja
devorar por sus hijos. Me imagino a Borges como el minotauro de su cuento (la
casa de Asterión), solitario, torpe en su ternura de bestia, con esa casa
inmensa que es el lenguaje, buscando remediar su soledad, alguien a quien
darse, con quien jugar, pero todos sus eventuales compañeros acaban a la sazón
de su descomunalidad. Borges: condenado a estar solo. Borges entre los pasillos
del laberinto, vigilando las estrellas. Así me lo imagino. Y este texto es una
repuesta tardía a la indignación de un profesor de la UBA que ya lloraba cuando
un alumno ante la pregunta: ¿quién es el minotauro?, respondió con la obviedad:
Borges. El profesor casi grita de dolor: ¡no! Pero sí, el minotauro es
Borges, esperándonos a todos para jugar, y devorarnos, y todos entramos a su
laberinto con unas ganas terribles de degollarlo.
lunes, 14 de octubre de 2013
Nota a mi brazo izquierdo
Para no morir.
Porque nos encanta el sonido que producen las teclas, similar al de una
metralleta. Para no sucumbir. Por soledad. Porque no sabemos llorar, o porque
todo está irremediablemente perdido. Para oler mejor la tierra. Para ir y venir
por el cuerpo de una mujer. Porque vemos figuras en las nubes. Por una mala
racha. Para sacudirnos la piel y la lluvia. Escribimos por la imposibilidad que palpita en
toda palabra. Por el vacío. Para la nada. Porque es necesario.
lunes, 30 de septiembre de 2013
Inaudito Inédito LADO B
DE
12:00 A 3:00 los atiende una mujer calva, de alas quemadas y tacón pintado,
ella los espera, a esos pobres que se arriesgan al sol, pasadas las nucas de
agua colonia, con la cara pintada de archivador, de primavera en suspenso, ella
los atiende, primero en una salita de sofá verde, dispensa una sonrisa, leen
revistas, cuentan botones, fantasean la vida de un operario de trenes, luego en
una habitación, en una silla, siéntese ahí, bien, ahora dígame, no me diga más,
tiene usted el costillar dado vuelta, le arrumba un beso en el esternón, no me
pregunte cómo, no funciona el ventilador, señor, su pie derecho sufre de
amnesia, su pulgar padece de claustrofobia: las manos de la mujer socavan los
cuarenta con jabón de coco, extraen remedios del aire, conserve la ropa, no
hace falta, mientras afuera los hornos escupen ladrillos, y las mujeres dan a
luz a bombillas de 60 watts, típico, hay que masajearle el hemisferio derecho,
enseñarle algo de geometría a sus rodillas, tómese este té, respire hondo, ahí
está, lo que suponía, lleva usted entre la panza a una mujer que no sabe lo que
quiere, tiene atorada una hilacha de media en la determinación, no hay día que
arranque, confunde usted el aire con una traición, no llore que no es de
machos: soba tendones con terapia de hielo y suspiros de caléndula, dos
cucharaditas de propóleo para la tos y el nombre de la fulana: masajea pestañas
y limpia el exceso de paja en la retina, fuma, piensa, canta: ¡aquí falta una
costilla!, pone un pedacito de plastilina, use esta prótesis una semana y venga
a verme.
Inaudito Inédito LADO A
VIENTO DE PIE PLANO, impuntual expectativa, imprecisa oportuna, anatomía del deseo en tacón altanero y silencioso, raspando alfombras, agua de papel, farol de nochero, la lluvia distante en un tejado prestado, en otra ciudad, perdido yo entre los pliegues de la memoria, buceando dunas y muslos, segundos regados al tiento, fragmentos de ocio más dulce más abajo más quieto: ya va cayendo, señores, ya va siendo otra, distinta, lo sé, todas las puertas que te oyeron entrar, y nunca termina de caer, hay tres escalones en su partida, Penélope de ascensor fui yo, buenas noches, muchas gracias, conversa la vida con un gorrión notario, vuelve nido de pelotas la reja, los niños revuelven charcos de aceite de motor y luna, y el candado sueña, y al fondo una luz débil y música, es una radio, me olvida, me llama: creceremos más allá de este dolor, seguramente más allá del mar, espiando cerrojos de estaciones, seremos mejores, más decentes, aquí viene, ya arrastra su valija de pretextos, sus razones con un solo asiento, se prolonga lejos ya de mis manos, va detrás el poema, transpira y no la alcanza, se borra, canta y se va, un pajarito bipolar, ríe, ¡déjenme decir que ríe!, mi orilla de un metro sesenta, mi 103 de cada lunes, mi explicación más dulce de la luz: tantea el barro sin darle mucho crédito, apunta el pasaporte, pasa de ilegal, va cayendo, tiembla, silueta aprendiz de certeza, tibia bocanada del reloj, años que son trenes, equipajes, arena, pupilas despiertas, un poco más de otra cosa y demora, pero cae, no os preocupéis, ¡adiós!, ¡adiós!, marciana insomne, fugaz confidente en mi saliva: cómo decir que todo ha sido apenas un poco de mala suerte, tanta colisión, tanta coincidencia, por lo breve supimos dar la piel a un sueño, nos bastó para algunas noches de borrachera, música y amigos, estrellas de las que nunca oíste hablar, paisajes militarizados, tropel del descubrimiento, cómo decir que fue mucho o tanto o nada, pequeña trapecista, te vas levitando en la corriente, ¡adiós!, mi ir perpetuo, mi botón submarino, mi viaje, mi crimen, mi motivo, mi espera, cae, se anuncia en las fotos, ahí va, ¡atenta la página en blanco!: tú, mi único testigo, copiloto con ataques de pánico, giro en resumen de tormentas, desvelo de mi tacto, parte meteorológico de tus miedos, vida que nos traspasa en crudo, carne rotativa sin permiso, no hay vuelta, ¡adiós!, vida, siempre vida, haciéndonos barro, alquimia, nada, vida compartida, vida que ya fue, haciéndonos bellos, viejos y libres, pero nunca más sabios de lo que seremos en este instante: te pido, que nunca deje de doler.
lunes, 23 de septiembre de 2013
Los cautivos del fuerte apache (fragmento)
UNA ESCENA
Dos hombres están sentados en un rincón de un
restaurante de comida de mar, cada uno con un plato hirviendo de sopa de
pescado, que echa densas bocanadas de humo a pocos centímetros de sus bocas.
Los dos hombres comen sin fijarse en esto. El lugar se llama “la Flor del
Pacífico”. Está decorado, obviamente, con redes que parecen haber atrapado
cientos de pececitos de colores, cangrejos, caballitos de mar, medusas de
plástico, y una sirena tamaño real, colgada del techo. Quedan pocas mesas
disponibles. Es domingo al medio día.
Hay ruido animado de conversaciones, tintineo de
cubiertos contra la porcelana, carros que cruzan por la calle, risas de niños,
meseros cargando pesadas bandejas, que pasan esquivando mesas, gritando órdenes
de pedidos. Los dos hombres siguen comiendo, en apariencia ajenos al ruido a su
alrededor.
Ambos hombres parecen rondar los cincuenta, uno de
ellos es quizás más joven, pero la piel quemada por tanta exposición al sol, y
una prematura calvicie, no permite saberlo con exactitud. Ambos tienen tatuajes
descoloridos en los brazos. Una pantera. El rostro de Jesús. Son el tipo de
tatuajes que se hacen en la marina. Ambos prestaron servicio en los buques de
la armada, antes que los echaran. Los hombres llevan desabotonadas las camisas.
Hablan de esto y de aquello, moviendo el líquido hirviendo en el plato –donde
flotan hojitas de cilantro–, alabando su sabor, y las propiedades regenerativas
luego de una noche de copas. Los dos hombres sonríen.
Uno de los hombres habla, el que parece más viejo, se
queja del calor. Mira su reloj, pregunta cuándo va a venir el fulano. El que
parece más joven mueve su cuchara en el plato, tratando de pescar un pedazo de
plátano, le dice que no demora. Va a preguntar si será el tipo indicado para el
trabajo, pero lo interrumpe el mesero trayendo una jarra de limonada. El hombre
espera. Cuando el mesero se retira, pregunta. El otro sigue en la caza del
pedazo de plátano, y le responde que sí, que claro. ¿Cómo sabés? Porque yo ya
hablé con él. ¿Y qué te dijo? Que sí. ¿Por qué le dicen barranco?
Ambos hombres vuelven a sus respectivos platos, cuando
en el umbral del restaurante aparece un viejito ciego con una guitarra y una
niña. Se presenta. Dice que viene de una vereda muy alejada de la ciudad, que
lo echaron de su tierra, que la niña no ha comido, que él no tiene para pagar el
arriendo de la pieza. Toca una canción. La niña canta como si se hubiera
tragado un silbato. La gente no parece prestarle mucha atención. El hombre que
parece más viejo, se levanta de la mesa y camina hasta el hombre. Le entrega un
par de billetes y aprovecha para mirar la calle. Voltea y ve al otro que parece
más joven, hablando con el mesero. De nuevo mira a ambos lados de la
calle.
los cautivos del fuerte apache (fragmento)
domingo, 22 de septiembre de 2013
Escaleras y cajas de zapatos
Entre las
avenidas Corrientes y Rivadavia, en un pequeño lote esquinero en el que supo
convivir a través del tiempo, la fachada de una lavandería, una tienda de
mascotas y en última instancia un local vacío, lleno de cajas apiladas con réplicas
de gatos de porcelana, se alza hoy, imponente y chueco, el rascacielos más alto del mundo, levantado con cajas de zapatos. Para la construcción de esta
maravilla del ocio y de la soledad, se tomaron en calidad de asesores, una
buena cantidad de pintores impresionistas: el edificio está pintado de
amarillo, y debe ser confundido a lo lejos con una mujer recostada sobre su
brazo, visión a la que el espectador, acercándose un poco, corregirá agregando dos
hileras de ventanas, con formas geométricas optativas, que a su vez, oficiarán
de puertas, mediante un complicado sistema de cuerdas. Si carece de puertas, empleando
esta palabra en el sentido usual del término, es decir: puerta, accesorio de toda ruptura amorosa y/o ontológica, este
edificio también carece de ascensores, sin embargo, no se ha privado del placer
de una buena escalera, o de varias, miles de ellas: en forma de caracol,
algunas sólo consisten en un peldaño, nada más. Para este fin, fue contratado, en
calidad de asesor, el arquitecto de paisajes, el señor Julio Cortázar, quién
diseñó un delicioso juego de escalones que suben y bajan, avanzan o se enroscan
por fuera del edificio, aboliendo así la norma, en verdad estúpida, de
esconder la escalera en el interior de la estructura, lo que a su vez traía
como consecuencia la privación al visitante de un lindo paisaje. Al ubicar la
seguidilla de peldaños a la intemperie, se permite un acceso eficiente a una
fuente mayor de luz, lo que implica un gasto menor de bombillas, que es igual a
decir: ahorro en el recibo de servicios. Dilema que atormenta al grueso de
nuestros arquitectos actuales. Además, de noche, la luz de las estrellas y el
neón de los restaurantes, proporcionan seguridad y glamour.
El visitante podrá a medida que asciende, apreciar el paisaje de nubes, la fachada gris y plana de otros edificios, así como sentir el viento y patear algunas hojas rebeldes. Ahora, de acuerdo a las indicaciones del señor Cortázar, estas escaleras deben ser, y no hay forma de evadir este requerimiento, usadas de espaldas, evitando hasta donde fuera posible, caer en la tentación del pasamanos (inexistente, claro). Un punto a favor de este método de uso de un artefacto visto como medio, pero no como fin, está en la posibilidad de apreciar lo que sucede en el mundo cuando este lo cree a usted ocupado con la mirada agachada, alzando un pie y luego el otro, preocupado de una llamada telefónica, del dentista o de los últimos dígitos de la lotería. La combinación de factores harán más placentera la operación: el ascenso de espaldas en un día de otoño, de dos en dos los escalones bajo una noche estrellada, la escalera de un solo peldaño en medio de la lluvia, o en una tormenta eléctrica, lanzarse desde la última grada en plena primavera, subir de puntillas a eso de las doce del medio día, lunes, la elección es suya, en verdad la función del edificio, si ha de tener una, es otra: fue construido dentro de toda una gama de reformas al plan urbanístico para pájaros y sombras, y por pedido expreso de una niña que quería pintarle bigotes a la luna.
Este rascacielos que se tambalea, carece de referentes modernos, franceses, o utilitarios, está en la mitad de otros edificios, donde aparecerán graffitis, y notas de amor, un edificio para códigos postales, para olvidos, para cortar el aire. Pero también para mirar algo del río al que se le perdió una orilla, un edificio para buscar entre la gente, es un observatorio de corazones rotos, de trajes presurosos. Nuestra cliente se sienta y fuma, y piensa, extiende su ropa en cables, oye música y conversa con la luna, contempla abajo la realidad, el mundo, las calles, los semáforos y los hombres, los días, y sueña o silva o canta o piensa de vuelta, mientras el viento bambolea una frágil estructura de cajas de zapatos, con varias habitaciones en alquiler.
El visitante podrá a medida que asciende, apreciar el paisaje de nubes, la fachada gris y plana de otros edificios, así como sentir el viento y patear algunas hojas rebeldes. Ahora, de acuerdo a las indicaciones del señor Cortázar, estas escaleras deben ser, y no hay forma de evadir este requerimiento, usadas de espaldas, evitando hasta donde fuera posible, caer en la tentación del pasamanos (inexistente, claro). Un punto a favor de este método de uso de un artefacto visto como medio, pero no como fin, está en la posibilidad de apreciar lo que sucede en el mundo cuando este lo cree a usted ocupado con la mirada agachada, alzando un pie y luego el otro, preocupado de una llamada telefónica, del dentista o de los últimos dígitos de la lotería. La combinación de factores harán más placentera la operación: el ascenso de espaldas en un día de otoño, de dos en dos los escalones bajo una noche estrellada, la escalera de un solo peldaño en medio de la lluvia, o en una tormenta eléctrica, lanzarse desde la última grada en plena primavera, subir de puntillas a eso de las doce del medio día, lunes, la elección es suya, en verdad la función del edificio, si ha de tener una, es otra: fue construido dentro de toda una gama de reformas al plan urbanístico para pájaros y sombras, y por pedido expreso de una niña que quería pintarle bigotes a la luna.
Este rascacielos que se tambalea, carece de referentes modernos, franceses, o utilitarios, está en la mitad de otros edificios, donde aparecerán graffitis, y notas de amor, un edificio para códigos postales, para olvidos, para cortar el aire. Pero también para mirar algo del río al que se le perdió una orilla, un edificio para buscar entre la gente, es un observatorio de corazones rotos, de trajes presurosos. Nuestra cliente se sienta y fuma, y piensa, extiende su ropa en cables, oye música y conversa con la luna, contempla abajo la realidad, el mundo, las calles, los semáforos y los hombres, los días, y sueña o silva o canta o piensa de vuelta, mientras el viento bambolea una frágil estructura de cajas de zapatos, con varias habitaciones en alquiler.
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