UNA ESCENA
Dos hombres están sentados en un rincón de un
restaurante de comida de mar, cada uno con un plato hirviendo de sopa de
pescado, que echa densas bocanadas de humo a pocos centímetros de sus bocas.
Los dos hombres comen sin fijarse en esto. El lugar se llama “la Flor del
Pacífico”. Está decorado, obviamente, con redes que parecen haber atrapado
cientos de pececitos de colores, cangrejos, caballitos de mar, medusas de
plástico, y una sirena tamaño real, colgada del techo. Quedan pocas mesas
disponibles. Es domingo al medio día.
Hay ruido animado de conversaciones, tintineo de
cubiertos contra la porcelana, carros que cruzan por la calle, risas de niños,
meseros cargando pesadas bandejas, que pasan esquivando mesas, gritando órdenes
de pedidos. Los dos hombres siguen comiendo, en apariencia ajenos al ruido a su
alrededor.
Ambos hombres parecen rondar los cincuenta, uno de
ellos es quizás más joven, pero la piel quemada por tanta exposición al sol, y
una prematura calvicie, no permite saberlo con exactitud. Ambos tienen tatuajes
descoloridos en los brazos. Una pantera. El rostro de Jesús. Son el tipo de
tatuajes que se hacen en la marina. Ambos prestaron servicio en los buques de
la armada, antes que los echaran. Los hombres llevan desabotonadas las camisas.
Hablan de esto y de aquello, moviendo el líquido hirviendo en el plato –donde
flotan hojitas de cilantro–, alabando su sabor, y las propiedades regenerativas
luego de una noche de copas. Los dos hombres sonríen.
Uno de los hombres habla, el que parece más viejo, se
queja del calor. Mira su reloj, pregunta cuándo va a venir el fulano. El que
parece más joven mueve su cuchara en el plato, tratando de pescar un pedazo de
plátano, le dice que no demora. Va a preguntar si será el tipo indicado para el
trabajo, pero lo interrumpe el mesero trayendo una jarra de limonada. El hombre
espera. Cuando el mesero se retira, pregunta. El otro sigue en la caza del
pedazo de plátano, y le responde que sí, que claro. ¿Cómo sabés? Porque yo ya
hablé con él. ¿Y qué te dijo? Que sí. ¿Por qué le dicen barranco?
Ambos hombres vuelven a sus respectivos platos, cuando
en el umbral del restaurante aparece un viejito ciego con una guitarra y una
niña. Se presenta. Dice que viene de una vereda muy alejada de la ciudad, que
lo echaron de su tierra, que la niña no ha comido, que él no tiene para pagar el
arriendo de la pieza. Toca una canción. La niña canta como si se hubiera
tragado un silbato. La gente no parece prestarle mucha atención. El hombre que
parece más viejo, se levanta de la mesa y camina hasta el hombre. Le entrega un
par de billetes y aprovecha para mirar la calle. Voltea y ve al otro que parece
más joven, hablando con el mesero. De nuevo mira a ambos lados de la
calle.
los cautivos del fuerte apache (fragmento)

Fragmento del cuento "los cautivos del fuerte apache", ganador del primer concurso de relato de crimen Medellín Negro.
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