Me dije que
nunca leería nada de más de 350 páginas (límite arbitrario, que no sé cómo se
volvió parámetro), que esos mastodontes de 500, 600, y de 1000 (¡de 1124!) páginas
eran, además de una burla, un juego muy triste en que el ego alcahueteaba una saturación
del adjetivo, de la descripción llevada hasta el hartazgo, donde se cree al
lector un idiota incapaz de armar las piezas él solo, y aún peor, de querer
abarcarlo todo, todo urgente y necesario para la “obra”: algo como no ser capaz
de tomar decisiones, de dejar algo
afuera, sabiendo que el acto mismo de escribir, de hablar, implica una
decisión, un borrón, algo que queda afuera,
afuera de lo dicho, en silencio. No había razón en el mundo que justificara un
gasto semejante de energía, de tiempo..., de vida. Reconozco que esta teoría se
adecuaba muy bien a mi temperamento, nunca me ha salido fácil mantener mi
concentración por un tiempo prolongado, me distraigo casi al instante, me
disperso, así que, gracias a Dios la teoría llegaba al rescate.
Hace un tiempo
leí un ensayo de Alejo Carpentier donde decía que el escritor latinoamericano
era ineludiblemente barroco: una de las razones las hallaba en la exhuberancia
de nuestro paisaje, siempre extraño, sobrecargado de formas y de colores (basta
pensar en ese animal mítico que es el Amazonas). Yo, por mí parte, siempre me
sentí más cerca del estilo norteamericano: Carver, Cheever, Hemingway, etc.,
más cerca de un estilo crudo, algo desprolijo, como después del paso de un
huracán: pedazos regados por ahí. Rayuela fue mi primer paso al mundo de los mastodontes,
aunque este era uno adorable: una estructura para distraídos, más que para
arquitectos, o ingenieros, para plomeros. Igual la regla continuaba: nada de
catedrales, nada de templos. Entonces conocí (ya el orden de circunstancias se
ha perdido irremediablemente de mi memoria, en un tributo para el mejor creador
de pequeños infiernos, el que me dijo: es la puerta la que elige: Borges) a
Roberto Bolaño.
Los detectives salvajes: 609 páginas.
Devoradas con una ferocidad ajena para mí hasta ese momento. Frenético, leía,
leía, y decía: mierda, mierda, mierda, la mierda, ¿qué coño es esto?, ¡cómo es
posible! 609 páginas, y desde hace casi un año estoy aguardando que alguien me
haga la pregunta-cliché de: si fueras a una isla desierta y pudieras llevar un
libro (sólo uno, ojo), ¿cuál sería?, así yo podría respirar hondo, cerrar los
ojos, y decir conteniendo la emoción: bueno, la verdad, mira, yo llevaría Los detectives salvajes. Desde hace un
año, el libro de mis amores, y aún nadie lo derrumba de su trono. 609 páginas
de una Rayuela tremenda, absurda, tierna, infernal, delirante, romántica,
vital, coño, ¡vital!: no lo puedo definir mejor, ¡no puedo! 609 páginas y ni un
solo punto y coma, ¡ni uno!, en toda la novela. Esto puede sonar trivial, pero
no lo es. La puntuación, antes que ser un sistema de normas, es una
respiración: es el pulso del autor, y parte del alma y cuerpo de la obra.
Roberto, al no poner punto y coma, me dice algo, entabla un diálogo distinto,
juega: quisiera ser más claro, pero esta nota-texto-tributo, está escrita desde
el afecto, este fulano me tumbó un dogma, y además me dejó el mundo entre
comillas, suspendido. Una coma en el lugar indicado te salva la vida, puede ser
un golpe de knock-out al lector, cada
fragmento cuenta y todo hace parte de una gran estructura, de un laberinto. Roberto,
hijo de puta, me dejaste vuelto de revés, y luego redoblaste la apuesta: con un
par de esos signos que no son ni una cosa ni la otra, puesto aquí y allá en
alguna línea, a lo largo de 1124 páginas. 2666:
¿cómo me haces esto?, 1124 páginas, y yo como un loco leyendo, en una
habitación con goteras, entre el dolor de una ruptura y el colchón-cuneta
oliendo a todo, leyendo, leyendo, obsesionado ya con todo el universo que construyes, queriendo siempre más, incapaz de ser prudente, o de masticar cada
bocado, de darme un buen banquete, me abalancé sobre todo, y me lo devoré con
furia. A la página 500 eras mi escritor favorito, en la número 1124, mi amigo.
Leí en el prólogo de esta última novela que tu idea era publicar las 5
secciones que componen el libro de forma individual, lo cual garantizaría un
alivio económico al futuro de tus hijos, pues tú, ya te estabas yendo. Esto se hubiera
traducido en 5 libros cortos, sin la intensidad que tiene este mastodonte
necesario, hubiera sido un error, tenían que ser 1124 páginas, mira que lo digo
yo, que hace rato dije que odiaba los grandes libros: ¡mírame ahora!, deseando
encontrarte, leerte en 2000, 3000 páginas. Roberto, pedazo de…, menos mal a tu
editor no le sonó la idea y publicó todo junto, saber si debe tener una página
o mil, es una tarea azarosa, y quizás sin importancia, aunque tú te quejabas de
que ya nadie se arriesgaba a los grandes proyectos.
Mi padre, una
vez me regaló un libro, lo firmó escribiendo que estos eran como amigos que te
hacen compañía. Vos, Roberto, fuiste mi mejor cómplice durante momentos de
andar visitando el fondo, y produces algo que juzgo maravilloso y que es un
deseo en lo que hago: vos me das ganas de escribir.

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