jueves, 5 de septiembre de 2013

Pequeña caja de inmersión (5)


Madrugada de 1993
Este es mi rostro de todos los días, incluidas las nubes.
Menos una costilla, dos párpados y un motor por nariz.
Labios, manchas, mapas, noviembre en los pómulos, mamífero en la tristeza de los ojos.
Dos fosas nasales, tabique roto, alguien en las pestañas.
Este es mi rostro por el que entro cada noche en mi espejo y me afeito.
Rostro por el que atestiguan gentes conocerme.
Hay archivos míos, folios y fotos que dan cuenta de mi mentón y mis cejas.
Pero hay días que no me reconozco, días que paso de largo por la calle sin saludarme.
Sin entender del todo a qué vienen estos rasgos usados.
Quizás sea que me despierta la nieve bajo mis párpados: tal vez la voz miente
Algo de sus colores, y no queda rastro en la pupila de tu cuerpo.
Entonces dudo, porque no hay rostro mío que no sea un rastro tuyo.
Tú eres lo evidente en cada fragmento de carne. Tú me delatas cuando huyo de mí.
El mentón te ha visto boca abajo tendida en el sillón,
La curva de tu espalda continúa el arco de mis cejas.
Así que ya no puedo decir con certeza que este sea mi rostro definitivo.
Una página que me espía dice: “toda incertidumbre, es semilla de libertad”.
Y tal vez mañana olvide alguna calle en mi frente.
O quizás puesto tu sabor en mi lengua, haya que empezarlo todo de nuevo.
El aire, la sombra, la misma raíz del fuego y la etimología de las alas de los pájaros.
Entonces este rostro no sería más que un encuentro, otro más.
Acaso una de tantas casualidades del amor, como lo es el perfume, o enero.
¿Podría decir que este rostro con el que te amo es mío?
¿Podría decir que soy dueño de él, o que permanezco al acecho de algo vivo?
Mi rostro no sería más que una emoción, un molde para tu risa.
¿Quién nos presta estas formas que en silencio nos llevan y en silencio nos abandonan?
Imagino existe algún depósito donde se reparan los desperfectos
De las estaciones (una hoja que no cayó, una ventana sin luna, un viento que no
Encuentra la dirección y las palomas que pierden sus itinerarios), allí creo
Deben estar las manos sin caricias, los nombres de las nubes, y las partes simples
De todo rostro cotidiano… Eso creo, e interrogo al timbre de mi puerta.
¿Ves que no sabes a quién miras? Y acaso cuando lloras lo intuyes: porque lloras
Pedacitos de peces en la escalera, bajo la luz de la bombilla, y tal vez no se
Te haga raro encontrarme en la portada del periódico,
Sosteniendo un facha de normal algo sospechosa, mientras tú renaces tu cuerpo
En la mañana, con los semáforos, en rojo de tu boca.   
Acaso alguna de las mujeres que te habitan sepan la verdad: de lo qué miras cuando miras
Esta débil armazón que se diluye en la palabra que la nombra.
¡Ah!, que dulce es la máscara con sus costumbres.    
Hay días en que no me reconocería en la calle, madrugadas ajenas que de pronto
Aparecen colgadas de mis encías, y me duelen, porque no estás,
No hay huella tuya. Entonces fumo, huraño, prostático con un plomo por ombligo,
De a pie o en automóvil, pero a toda prisa,
Buscando ese depósito de rostros para regresarte con el resto de mis complejos,
A este desorden de papeles que me hacen reconocible a tu más cotidiana luz.  

Del libro: "Últimos días de Robert J. O´Hara". 

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