Hoy no soy más que tristeza
Hoy, repentinamente, me he detenido en mis ejes
subcutáneos,
Suspendida la digestión, quieta la rueca torpe de
mis maxilares.
Sin previo aviso, he tornado pálidas las mariposas
de mi ceniza, este lunes.
Vuelta de revés la lluvia, escupiendo sus taxis y
sus sombrillas,
Incluso el granizo de las palabras que alguien me
dictaba en el aire metálico,
Cuando de pronto he tenido la imperiosa necesidad
De asomar mi frente en el río del tiempo,
Corriendo por el cristal de las vitrinas, y he
gritado: “¿¡acaso esto es todo!?”
Y me he echado a llorar niños en el andén.
Hoy no soy más que tristeza, desde el tuétano
hasta Dios.
En lo altamente meditativo del pavimento donde
vuelan las colegialas.
Desde el aterrado sístole de la sombra, hasta la
penúltima raíz
De mis 324 dedos, hoy no soy más que tristeza.
Con las mil y una noches, los telescopios y los
astronautas.
Con el cadáver de Marilyn, con Ginebra, con Kioto
y con vodka,
Yo le digo a mi cautivo: “ya veo este dolor que te
crece, ya lo sé, respira”.
Pero este oxigeno no es mío, tampoco la almohada,
Menos aun la barba, nada alrededor, ¡fuera el
cuerpo!, todo sale en Borges cansados,
Quejándose de demasiada luz, a 32 revoluciones por
minuto,
De una mujer que no me ama, que nunca tuve… De
haberla tenido,
Al menos por esta sencilla eternidad entre el
trabajo, el odontólogo y la risa,
Tal vez algo podría haber remediado de nuestras
costumbres.
Sé que no es tarde, lo que nos ocupa es otra cosa,
algo guardado en el terciopelo,
Entre el antiguo Egipto y Roma, pero más allá del
fuego, de las espadas y los planetas,
Algo que concierne a los travestis de la avenida
Libertador,
Algo que sube desde la saliva y nos grita a partir
del pubis, en las llamadas
Telefónicas, y desde Edipo hasta el cementerio de
Westwood.
Tal vez sea la náusea de Sartre,
O el
“sucede que me canso de ser hombre” que dictó un pájaro en el viento,
Poblado de figuras misteriosas en Chile: o un
simple resfriado…
No lo sé, no lo sé. Sólo puedo decir que hoy no
soy más que tristeza.
Discretamente, pero a voz en cuello,
Lo digo de perfil, y aun después de bañado y
perfumado.
Hoy no soy más que tristeza. No tanto el ojo,
Como los omoplatos doblados con las camisas. No
tanto quizás
La duda cartesiana, como el dolor en los nudillos.
Este peso vertical de años de evolución y para
qué: aquí sigue Robert O’Hara.
Me aprietan los zapatos, sí, y aún nos sobreviven
los sauces y el amarillo.
Algo de Van Gogh, Frida-querida, pero todavía la
muerte,
Todavía el hambre, la metralla, las bombas: el
abrazo ocasional, sí,
La humedad de la mujer, sí, algún heterónimo que
Pessoa se olvidó de matar
Con su propia muerte, y todavía el deshielo,
Los tanques, todavía esta suerte ciega, este andar
a tientas: yo y mi tristeza,
Y no saber qué hacer o decir, o cómo recuperar la
postura y salir al mundo.
Cómo tener citas, hábitos saludables, horas de
sueño.
Del libro: "Últimos días de Robert J. O´Hara"

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