jueves, 5 de septiembre de 2013

Pequeña caja de inmersión (4)


Hoy no soy más que tristeza
Hoy, repentinamente, me he detenido en mis ejes subcutáneos,
Suspendida la digestión, quieta la rueca torpe de mis maxilares.
Sin previo aviso, he tornado pálidas las mariposas de mi ceniza, este lunes.
Vuelta de revés la lluvia, escupiendo sus taxis y sus sombrillas,
Incluso el granizo de las palabras que alguien me dictaba en el aire metálico,
Cuando de pronto he tenido la imperiosa necesidad
De asomar mi frente en el río del tiempo,
Corriendo por el cristal de las vitrinas, y he gritado: “¿¡acaso esto es todo!?”
Y me he echado a llorar niños en el andén.
Hoy no soy más que tristeza, desde el tuétano hasta Dios.
En lo altamente meditativo del pavimento donde vuelan las colegialas.
Desde el aterrado sístole de la sombra, hasta la penúltima raíz
De mis 324 dedos, hoy no soy más que tristeza.
Con las mil y una noches, los telescopios y los astronautas.
Con el cadáver de Marilyn, con Ginebra, con Kioto y con vodka,
Yo le digo a mi cautivo: “ya veo este dolor que te crece, ya lo sé, respira”.
Pero este oxigeno no es mío, tampoco la almohada,
Menos aun la barba, nada alrededor, ¡fuera el cuerpo!, todo sale en Borges cansados,
Quejándose de demasiada luz, a 32 revoluciones por minuto,
De una mujer que no me ama, que nunca tuve… De haberla tenido,
Al menos por esta sencilla eternidad entre el trabajo, el odontólogo y la risa,
Tal vez algo podría haber remediado de nuestras costumbres.
Sé que no es tarde, lo que nos ocupa es otra cosa, algo guardado en el terciopelo,
Entre el antiguo Egipto y Roma, pero más allá del fuego, de las espadas y los planetas,
Algo que concierne a los travestis de la avenida Libertador,
Algo que sube desde la saliva y nos grita a partir del pubis, en las llamadas
Telefónicas, y desde Edipo hasta el cementerio de Westwood.
Tal vez sea la náusea de Sartre,
 O el “sucede que me canso de ser hombre” que dictó un pájaro en el viento,
Poblado de figuras misteriosas en Chile: o un simple resfriado…
No lo sé, no lo sé. Sólo puedo decir que hoy no soy más que tristeza.
Discretamente, pero a voz en cuello,
Lo digo de perfil, y aun después de bañado y perfumado.
Hoy no soy más que tristeza. No tanto el ojo,
Como los omoplatos doblados con las camisas. No tanto quizás
La duda cartesiana, como el dolor en los nudillos.
Este peso vertical de años de evolución y para qué: aquí sigue Robert O’Hara.
Me aprietan los zapatos, sí, y aún nos sobreviven los sauces y el amarillo.
Algo de Van Gogh, Frida-querida, pero todavía la muerte,
Todavía el hambre, la metralla, las bombas: el abrazo ocasional, sí,
La humedad de la mujer, sí, algún heterónimo que Pessoa se olvidó de matar
Con su propia muerte, y todavía el deshielo,
Los tanques, todavía esta suerte ciega, este andar a tientas: yo y mi tristeza,
Y no saber qué hacer o decir, o cómo recuperar la postura y salir al mundo.
Cómo tener citas, hábitos saludables, horas de sueño.


Del libro: "Últimos días de Robert J. O´Hara"

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