
Para mí, el mejor lema publicitario de todos los tiempos es este: “donde están tus amigos, está tu tierra”. Fue un eslogan creado para una cerveza, no podía ser de otro modo. La cerveza Póker (la misma de una foto muy conocida en la que el angelito empantanado y héroe subnormal de una generación de adictos al cine, a los Stones, a la salsa de Richie Ray, y al amor maldito de una ciudad que espera, pero no le abre las puertas a los desesperados, el escritor Andrés Caicedo, aparece empuñando con una sonrisa maliciosa), a diferencia de otras, por ejemplo, la cerveza Águila, que con su filosófico: “sin igual y siempre igual”, refiere más al problema de la alteridad, de la disolución del sujeto, a la manera planteada por Foucault: ¡incluso al yo cartesiano, o a las mónadas de Leibniz!, o la cerveza Club Colombia, y su vanidoso: “Cerveza Club Colombia, perfecta”, y terminando con la cerveza Costeña, y una frase divisoria con pinta de lápida: “la marca de la rumba joven en Colombia”, la Póker surca a lo afectivo, disloca el concepto territorio, patria, tierra, y lo vitaliza más allá de cualquier frontera, o límites geográficos, lo instala en la piel. Para mí, que nací en un lugar, un país, luego viví en otro, y luego me he movido entre distintas ciudades, entre patrias mínimas: que mi patria parece lo otro, eso no-anclado, la frase de Póker, junto a resacas memorables, me regala una patria, un lugar: mis amigos. Mi patria es ser perseguido por la barra brava de mi equipo, corriendo junto a mi amigo, que es parroquiano de la barra brava del equipo contrario, mi patria son los ensayos de mi primera banda de rock, siempre frustrados por líos de faldas, o de talento o de estar destapando amigos, mi patria es mi primera escapada del colegio, y mis partidos de barrio, jugar cabecitas con un globo terráqueo inflable, mi patria soy yo sentado en la ducha, caído de la borrachera, luego de beber todo el día con mi amigo, es el ventilador del techo dando macabras vueltas mientras que yo estoy a punto de vomitar, cruzando el río Leteo de mi primera decepción con las mujeres, es una “papa chorriada” una semana santa en el cerro de “Cristo Rey”, desbarrancarse hasta el río, terminar en el zoológico, todo ese inventario con tiendas de barrio entre boleros y Póker, las tetas de la dueña del lugar, las conversaciones profundas sobre cualquier cosa, la noche caliente de la ciudad, la ciudad de Andrés Caicedo, violenta, ramera, maravillosa. El lema de Póker le da olor, tacto, estatura, barriga, marcas de navaja, tatuajes improvisados, sudor y ruido, peleas, risas, promesas, pelo largo, le da nombre, mi patria, mi tierra se llama: Felipe, Juancho, Primo, Willy… Mi patria son también otros que ahora ya no están, como otros que van llegando. A Mark Twain que escribió con tanta ternura sobre la tumba de Adán, en el “Diario de Adán y Eva”: “el paraíso era donde ella estaba”, estoy seguro le hubiera encantado la Póker. ¡Seguro! Mark Twain, como el que ingenió la frase de Póker, sabían que la tierra es esa parte que tenemos entre los huesos y el cariño, que el paraíso (y la tierra), un hogar, son un corazón ambulante, aquel sitio donde demorarnos, felices, pidiendo otra ronda de amigos. Hoy, quizás un poco lejos, lo realmente maravilloso del lema de Póker, es que destapo otra cerveza, una Quilmes, por ejemplo, entre gentes nuevas, que sin embargo me adoptan como a uno más, aparece la charla y con ella la risa, la complicidad, la tierra.
dedicado a las primeras calles de mi tierra:
Felipe, Juancho, Primo, Willy.
Felipe, Juancho, Primo, Willy.
No hay comentarios:
Publicar un comentario