Entre las
avenidas Corrientes y Rivadavia, en un pequeño lote esquinero en el que supo
convivir a través del tiempo, la fachada de una lavandería, una tienda de
mascotas y en última instancia un local vacío, lleno de cajas apiladas con réplicas
de gatos de porcelana, se alza hoy, imponente y chueco, el rascacielos más alto del mundo, levantado con cajas de zapatos. Para la construcción de esta
maravilla del ocio y de la soledad, se tomaron en calidad de asesores, una
buena cantidad de pintores impresionistas: el edificio está pintado de
amarillo, y debe ser confundido a lo lejos con una mujer recostada sobre su
brazo, visión a la que el espectador, acercándose un poco, corregirá agregando dos
hileras de ventanas, con formas geométricas optativas, que a su vez, oficiarán
de puertas, mediante un complicado sistema de cuerdas. Si carece de puertas, empleando
esta palabra en el sentido usual del término, es decir: puerta, accesorio de toda ruptura amorosa y/o ontológica, este
edificio también carece de ascensores, sin embargo, no se ha privado del placer
de una buena escalera, o de varias, miles de ellas: en forma de caracol,
algunas sólo consisten en un peldaño, nada más. Para este fin, fue contratado, en
calidad de asesor, el arquitecto de paisajes, el señor Julio Cortázar, quién
diseñó un delicioso juego de escalones que suben y bajan, avanzan o se enroscan
por fuera del edificio, aboliendo así la norma, en verdad estúpida, de
esconder la escalera en el interior de la estructura, lo que a su vez traía
como consecuencia la privación al visitante de un lindo paisaje. Al ubicar la
seguidilla de peldaños a la intemperie, se permite un acceso eficiente a una
fuente mayor de luz, lo que implica un gasto menor de bombillas, que es igual a
decir: ahorro en el recibo de servicios. Dilema que atormenta al grueso de
nuestros arquitectos actuales. Además, de noche, la luz de las estrellas y el
neón de los restaurantes, proporcionan seguridad y glamour.
El visitante podrá a medida que asciende, apreciar el paisaje de nubes, la fachada gris y plana de otros edificios, así como sentir el viento y patear algunas hojas rebeldes. Ahora, de acuerdo a las indicaciones del señor Cortázar, estas escaleras deben ser, y no hay forma de evadir este requerimiento, usadas de espaldas, evitando hasta donde fuera posible, caer en la tentación del pasamanos (inexistente, claro). Un punto a favor de este método de uso de un artefacto visto como medio, pero no como fin, está en la posibilidad de apreciar lo que sucede en el mundo cuando este lo cree a usted ocupado con la mirada agachada, alzando un pie y luego el otro, preocupado de una llamada telefónica, del dentista o de los últimos dígitos de la lotería. La combinación de factores harán más placentera la operación: el ascenso de espaldas en un día de otoño, de dos en dos los escalones bajo una noche estrellada, la escalera de un solo peldaño en medio de la lluvia, o en una tormenta eléctrica, lanzarse desde la última grada en plena primavera, subir de puntillas a eso de las doce del medio día, lunes, la elección es suya, en verdad la función del edificio, si ha de tener una, es otra: fue construido dentro de toda una gama de reformas al plan urbanístico para pájaros y sombras, y por pedido expreso de una niña que quería pintarle bigotes a la luna.
Este rascacielos que se tambalea, carece de referentes modernos, franceses, o utilitarios, está en la mitad de otros edificios, donde aparecerán graffitis, y notas de amor, un edificio para códigos postales, para olvidos, para cortar el aire. Pero también para mirar algo del río al que se le perdió una orilla, un edificio para buscar entre la gente, es un observatorio de corazones rotos, de trajes presurosos. Nuestra cliente se sienta y fuma, y piensa, extiende su ropa en cables, oye música y conversa con la luna, contempla abajo la realidad, el mundo, las calles, los semáforos y los hombres, los días, y sueña o silva o canta o piensa de vuelta, mientras el viento bambolea una frágil estructura de cajas de zapatos, con varias habitaciones en alquiler.
El visitante podrá a medida que asciende, apreciar el paisaje de nubes, la fachada gris y plana de otros edificios, así como sentir el viento y patear algunas hojas rebeldes. Ahora, de acuerdo a las indicaciones del señor Cortázar, estas escaleras deben ser, y no hay forma de evadir este requerimiento, usadas de espaldas, evitando hasta donde fuera posible, caer en la tentación del pasamanos (inexistente, claro). Un punto a favor de este método de uso de un artefacto visto como medio, pero no como fin, está en la posibilidad de apreciar lo que sucede en el mundo cuando este lo cree a usted ocupado con la mirada agachada, alzando un pie y luego el otro, preocupado de una llamada telefónica, del dentista o de los últimos dígitos de la lotería. La combinación de factores harán más placentera la operación: el ascenso de espaldas en un día de otoño, de dos en dos los escalones bajo una noche estrellada, la escalera de un solo peldaño en medio de la lluvia, o en una tormenta eléctrica, lanzarse desde la última grada en plena primavera, subir de puntillas a eso de las doce del medio día, lunes, la elección es suya, en verdad la función del edificio, si ha de tener una, es otra: fue construido dentro de toda una gama de reformas al plan urbanístico para pájaros y sombras, y por pedido expreso de una niña que quería pintarle bigotes a la luna.
Este rascacielos que se tambalea, carece de referentes modernos, franceses, o utilitarios, está en la mitad de otros edificios, donde aparecerán graffitis, y notas de amor, un edificio para códigos postales, para olvidos, para cortar el aire. Pero también para mirar algo del río al que se le perdió una orilla, un edificio para buscar entre la gente, es un observatorio de corazones rotos, de trajes presurosos. Nuestra cliente se sienta y fuma, y piensa, extiende su ropa en cables, oye música y conversa con la luna, contempla abajo la realidad, el mundo, las calles, los semáforos y los hombres, los días, y sueña o silva o canta o piensa de vuelta, mientras el viento bambolea una frágil estructura de cajas de zapatos, con varias habitaciones en alquiler.

"En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte".
ResponderEliminarSUSAN SONTAG.