lunes, 23 de septiembre de 2013

Los cautivos del fuerte apache (fragmento)




UNA ESCENA
Dos hombres están sentados en un rincón de un restaurante de comida de mar, cada uno con un plato hirviendo de sopa de pescado, que echa densas bocanadas de humo a pocos centímetros de sus bocas. Los dos hombres comen sin fijarse en esto. El lugar se llama “la Flor del Pacífico”. Está decorado, obviamente, con redes que parecen haber atrapado cientos de pececitos de colores, cangrejos, caballitos de mar, medusas de plástico, y una sirena tamaño real, colgada del techo. Quedan pocas mesas disponibles. Es domingo al medio día.
Hay ruido animado de conversaciones, tintineo de cubiertos contra la porcelana, carros que cruzan por la calle, risas de niños, meseros cargando pesadas bandejas, que pasan esquivando mesas, gritando órdenes de pedidos. Los dos hombres siguen comiendo, en apariencia ajenos al ruido a su alrededor.
Ambos hombres parecen rondar los cincuenta, uno de ellos es quizás más joven, pero la piel quemada por tanta exposición al sol, y una prematura calvicie, no permite saberlo con exactitud. Ambos tienen tatuajes descoloridos en los brazos. Una pantera. El rostro de Jesús. Son el tipo de tatuajes que se hacen en la marina. Ambos prestaron servicio en los buques de la armada, antes que los echaran. Los hombres llevan desabotonadas las camisas. Hablan de esto y de aquello, moviendo el líquido hirviendo en el plato –donde flotan hojitas de cilantro–, alabando su sabor, y las propiedades regenerativas luego de una noche de copas. Los dos hombres sonríen.
Uno de los hombres habla, el que parece más viejo, se queja del calor. Mira su reloj, pregunta cuándo va a venir el fulano. El que parece más joven mueve su cuchara en el plato, tratando de pescar un pedazo de plátano, le dice que no demora. Va a preguntar si será el tipo indicado para el trabajo, pero lo interrumpe el mesero trayendo una jarra de limonada. El hombre espera. Cuando el mesero se retira, pregunta. El otro sigue en la caza del pedazo de plátano, y le responde que sí, que claro. ¿Cómo sabés? Porque yo ya hablé con él. ¿Y qué te dijo? Que sí. ¿Por qué le dicen barranco?

Ambos hombres vuelven a sus respectivos platos, cuando en el umbral del restaurante aparece un viejito ciego con una guitarra y una niña. Se presenta. Dice que viene de una vereda muy alejada de la ciudad, que lo echaron de su tierra, que la niña no ha comido, que él no tiene para pagar el arriendo de la pieza. Toca una canción. La niña canta como si se hubiera tragado un silbato. La gente no parece prestarle mucha atención. El hombre que parece más viejo, se levanta de la mesa y camina hasta el hombre. Le entrega un par de billetes y aprovecha para mirar la calle. Voltea y ve al otro que parece más joven, hablando con el mesero. De nuevo mira a ambos lados de la calle.   

los cautivos del fuerte apache (fragmento)

1 comentario:

  1. Fragmento del cuento "los cautivos del fuerte apache", ganador del primer concurso de relato de crimen Medellín Negro.

    ResponderEliminar